martes, 18 de septiembre de 2007

Del inicio.

Viene a mi ciudad, desde Italia, donde lleva meses haciendo el erasmus, o el orgasmus como dice ella en los emails que nos mandamos. Me hace gracia. Algún día no me lo hará.

Éramos compañeros de clase y por esas casualidades de la vida nos encontramos en una fiesta del instituto. Física y psicológicamente había cambiado mucho, pero no me costó reconocerla. Hablamos, reímos, bromeamos, me contó su plan de ir a Italia, le conté mi plan de acabar la carrera de una vez. Sus planes eran sueños maravillosos que cumpliría pronto, los míos las cosas típicas que hace todo el mundo. Nos dimos los teléfonos y quedamos en llamarnos. Nunca llamé, ni ella tampoco. Como suele pasar. Hasta meses después, dos días antes de irse, que quedamos para despedirnos. Despedirme de alguien a quien no he visto en años mas que una vez no deja de ser irónico, pero gustoso acepté la invitación. Charlamos de nuevo, nos contamos sus vidas, me habló de aquel novio que tuvo que la dejó por teléfono de buenas a primeras, de que su delgadez venía de lo mal que lo pasó en ese momento, de sus planes en Italia…

Y ahora viene y quiere verme. Nos saludamos, nos vamos a tomar unas cervezas, hablamos, hablamos, hablamos. Me siento atraído por ella. No sé si es la cerveza o ella, pero me siento atraído. Estamos sentados en una mesa y según habla acerco mi cabeza para besarla, quiero hacerlo y voy a hacerlo. Aparta la cara.

-Quieto - dice

-Perdona

Joder, ¿ahora que se hace? Es la primera vez que unos labios me rechazan, la primera vez que me lanzo así en medio de un bar de barrio, en plena tarde. No he bebido lo suficiente como para achacar mi osadía al alcohol. No hay duda, me estoy enamorando.

Se hace tarde, el bar cierra, no quiero irme, pase lo que pase, no quiero irme. Busco una excusa, piensa, piensa. No puedo pensar con esos ojos mirándome ni con esos labios tan carnosos hablándome. Así que si un milagro no lo impide aquí se acaba todo. Le acompaño a la parada del autobús. Hace frío, he venido poco abrigado. Tiemblo. Por el frío quiero creer. Me mira a los ojos. Se ha callado y me está mirando a los ojos. Conozco esa mirada. Felina. De ansia. De deseo. Sí. Las mujeres pueden matarte con una mirada. Por eso no salen en las noticias tirando a sus maridos por el balcón. Les basta una mirada, una mirada como esa, y tu cuerpo ya no es tu cuerpo. Así que yo, sin poder ni querer hacer nada para evitarlo soy espectador de lujo de como mis brazos la rodean, de como mi espalda se encorva, de como mi boca la busca, de como mis labios la besan. Ya no me acuerdo de que mis besos no los quería hace una hora. Ya no me acuerdo del autobús. Ya no me acuerdo de mi nombre. Sólo están sus besos. Sólo sus labios. Sólo su cuerpo. Sólo su calor. Solos los dos.

El autobús llega. No me deja mal del todo así que lo cojo yo también. Nos besamos en el autobús. Se baja. Me quedo solo. Pensando en lo que acaba de ocurrir. No puedo dejar de pensar, ya lo sabéis, es mi defecto. Pero sí puedo cerrar los ojos y disfrutar de este momento. Hasta que llegue a casa. Sólo disfrutar. Las calles están casi vacías y yo las miro a través del cristal del autobús que me devuelve un leve reflejo de mi cara. Sonriendo.

Llego a casa. Vencedor. Dejo las llaves. Dejo el móvil. Con un mensaje.

“Me lo he pasado muy bien, podíamos repetir si quieres”

Claro que quiero. Claro. Mañana, si puede ser.

-Espera, ¿mañana ya?, ¿no es muy pronto?

-Bueno, es lo que quiero

-Hummm, tu sabrás.

Poca discusión conmigo mismo, así que no hay más que hablar. Mañana a la misma hora estoy en el mismo bar.

Y así estuve al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente, mientras pasaba la navidad. La que estaba siendo la mejor navidad en mucho tiempo.

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